Un “paseo” por el Hospital Oftalmológico de Caseros (cap. 4)

AVISO: Éste es un sitio sin fines de lucro, mantenido con recursos personales, creado en 2013 con el propósito de generar un espacio de discusión donde opiniones diversas pudieran encontrarse y enriquecer el debate. Fue también concebido como un sitio donde mis entonces frecuentes «luchas» en organismos públicos y privados resultaran en algo más que la simple resolución de mis problemas particulares y pudiesen servir a otros en situaciones similares.

El día 13 de abril recibí en el domicilio de mi abuela una carta documento firmada por el oftalmólogo que la trató en el Hospital Oftalmológico de Tres de Febrero entre agosto y octubre del 2013. En ella me acusa de haber hecho «publicaciones difamatorias de su persona» y me intima a eliminarlas. Caso contrario, escribe, continuará con acciones legales.

Después de mucho deliberar, por ahora he resuelto (no sin dificultad) sustituir toda aparición de su nombre en este sitio por su primer nombre y la inicial de su apellido: Anibal F. Me reservo, no obstante, el derecho a revisar esta decisión en el futuro. Es muy importante aclarar aquí que por «Anibal F» de ninguna manera me estoy refiriendo al Dr. Anibal Folgar, médico del mismo hospital que, con incuestionable profesionalismo, trató a mi abuela después de ser atendida por última vez por el Dr. Anibal F.

Creo firmemente que mis dichos, en cuanto descripción fiel de los hechos ocurridos, no son difamatorios. Pero lamentablemente cuento con tiempo y recursos limitados para enfrentar una posible demanda. Por otra parte, dado que la razón principal por la que decidí relatar esta historia no fue manchar la reputación de nadie, sino informar y prevenir a otros que pudieran encontrarse en una situación similar, me sirve de falso consuelo haber escuchado esta semana de una empleada del Hospital que el Dr. F no trabaja allí desde hace dos años (al parecer sólo lo habría hecho por un período muy corto).


← Capítulo 1: diagnóstico, orden y autorización

← Capítulo 3: la previa

Más de dos años han transcurrido desde la última vez que escribí sobre nuestra experiencia en el Hospital Oftalmológico de Tres de Febrero a fines del 2013. En aquella época, algunas razones personales (vacaciones y trabajo entre ellas) me distrajeron impidiéndome reanudar la tarea. Más adelante, con muchas de esas razones disipadas, la inercia acumulada se hacía cada vez más difícil de destrabar. Así, haber dejado la historia sin concluir se volvió una mera pero obstinada molestia que me interpela de tanto en tanto.

Aquél era el estado de las cosas, cuando el pasado miércoles 13 de abril llegó al domicilio de mi abuela (cosa que me sorprendió, siendo que no menciono su nombre, ni siquiera el de pila, en ningún artículo de este sitio) una carta documento dirigida a mí:

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 11 de abril de 2016

En el día de la fecha se han descubierto publicaciones difamatorias de mi persona en www.conversodromo.com.ar y su promoción en la red social Facebook. Intimo que las mismas sean eliminadas en un plazo no superior a 48hs desde el día de la fecha. Ante la negativa se continuará con acciones legales.

Anibal F.

Encabezado de la carta documento enviada por el Dr. F

Eso explicaba, al parecer, la misteriosa suscripción -ocurrida el pasado lunes 11 de abril- del tercer usuario de este sitio en sus ya casi dos años y medio de existencia. ¡La primera en 28 meses! Se trataba del usuario de Facebook «Eugenio Fraire», supuesto abogado con master en la Universidad de Stanford y profesor de la Universidad de la Sorbona en París. ¡Un verdadero honor! Con foto de perfil acorde subida el mismo 11 de abril, pero lamentablemente sin otro contenido público visible. Una pena, porque, a pesar de sus credenciales, tampoco pude hallarlo en Google.

Perfil en Facebook de Eugenio Fraire

Volviendo a la carta documento, la cuestión es que parecía haber logrado destrabar finalmente aquella inercia acumulada por meses. Si hay algo de lo que me siento responsable es de nunca haber concluido la historia. Creo que darle un cierre es justo no sólo con los que alguna vez se interesaron en ella, sino también con sus protagonistas, y conmigo. Posiblemente, por falta de tiempo, no lo haré con el nivel de detalle y el cuidado en el estilo con que escribí los capítulos anteriores, pero sí con la seguridad de que todo lo expresado es fiel a los hechos tal cual sucedieron desde nuestra perspectiva, gracias a notas y documentos que conservo desde aquel momento.

Por último, este sitio fue concebido, como intenté reflejar en su título («Conversódromo: un espacio de discusión»), como un punto de encuentro de opiniones diversas. Nada sería más ajeno a este espíritu que ignorar la visión del Dr. F, que intenté obtener en la última consulta de mi abuela con él el 26 de octubre de 2013, pero que nos fue negada. Por lo tanto, lo invito nuevamente, así como a todos los involucrados, a ofrecer su versión de los hechos, comprometiéndome, por mi parte, a publicarla textualmente en este sitio, sin que medie ningún tipo de edición.

Dicho todo lo anterior, acá voy. Desde aquella mañana del 25 de octubre de 2013, en que finalmente había llegado el día de la cita inquietante: Preséntense sin anunciarse en el primer piso, ‘de incógnito’…

Fachada del Hospital Oftalmológico de Tres de Febrero

© 2016 Google

Capítulo 4: nudo y desenlace

Aquel día acompañamos a mi abuela al Hospital mi papá y yo. Llevábamos, celosamente conservada entre packs de hielo, la droga, termosensible, que hasta ese momento habíamos guardado cuidadosamente en la heladera. Quizá por eso grande fue nuestra preocupación e indignación cuando nos la recibieron y guardaron, junto a las de los otros pacientes, sin ningún tipo de identificación. No tuvimos opción sino confiar en que habrían sido igualmente cuidadosos en conservar el costoso y supuestamente delicado fármaco.

Estábamos aguardando en la sala de espera del primer piso cuando, a la hora señalada, 13hs del viernes 25 de octubre de 2013, el Dr. F, tras haber registrado nombre y documento de mi abuela en una lista, ingresó al despacho del Director del Hospital, no sin antes advertirnos que, por un problema con un paciente, no sabía si le iban a dejar aplicar la inyección. La duda, que compartíamos con al menos otros tres pacientes y sus familias, finalmente se disipó cuando salió de la oficina: tendríamos que regresar otro día, dijo.

Sí, otro día. A pesar del antibiótico que habíamos comprado y que mi abuela rigurosamente se había colocado en el ojo seis veces desde el día anterior. A pesar de la semana de preparación lavando cuidadosamente el ojo con shampoo para bebés con regularidad para prevenir una infección. A pesar de los cuidados en la conservación y el transporte de la droga (que, por cierto, ahora no sabíamos cuál era de quién). La razón esgrimida: que no le permitían aplicar las inyecciones.

– Lo va a hacer otro médico, ¿estamos? Ya le van a hablar.
– ¿Qué problema hubo?
– Porque no quieren que lo haga yo.
– ¿Y por qué?
– No sé. Porque estará otro médico designado. Yo solamente puedo hacer el diagnóstico y la indicación, pero el otro médico tiene que ponerselá.

Nuestra primera reacción, entonces, fue dirigirnos a la oficina del Director, el Dr. Jorge Pardo. Él, que por fortuna se encontraba en ese momento en la institución, concluyó que el Dr. F habría excedido intencionalmente el número de aplicaciones de Lucentis que le correspondía realizar, ya que los turnos habrían sido asignados directamente por él sin intervención del personal administrativo del Hospital, supuestamente ignorando las vías institucionales. O, más sencillo, en sus propias palabras: «se estaba haciendo el vivo». No obstante, dado que habíamos sido citados para ese día y que ya estábamos ahí, listos para la intervención, nos tranquilizó asegurándonos que el doctor finalmente la llevaría a cabo.

Relativamente relajados, pero aún confundidos, me puse a conversar con los otros pacientes y con sus familiares mientras esperábamos a que nos llamaran para aplicar las inyecciones. Fue así como descubrimos que todos habíamos sido citados de la misma manera: haciendo hincapié en la importancia de presentarnos sin pasar por recepción. En eso estábamos cuando, alrededor de una hora después, vimos al Dr. F y a su instrumentista salir del consultorio para retirarse del Hospital.

Al detenerlo, nos comunicó que nos atenderían el lunes, aparentemente ignorando que el Dr. Pardo nos había asegurado que seríamos atendidos ese día como había sido acordado originalmente. Finalmente, tras una breve discusión en la que se dirigió a su compañera expresando «no se puede creer» y a nosotros aclarando «yo no tengo nada que ver», aceptó atendernos. Tras, por fin, inyectar el fármaco al interior del ojo de mi abuela, nos citó al día siguiente para un control post-intervención. La odisea del día de la primera aplicación había terminado.

Aliviados porque finalmente habíamos logrado que nos atendieran el día convenido, pero aún confundidos por los sucesos del día anterior y ansiosos por una respuesta aclaratoria del Director, junto a otros pacientes y familiares decidimos presentar una carta en la que intentamos resumir los hechos ocurridos hasta ese momento.

Aquél sábado, antes de llevarla a la oficina del Director, el Dr. F nos llamó a su consultorio donde inspeccionó el ojo de mi abuela y alegremente confirmó que no había habido complicaciones después del procedimiento. Fue allí que por única vez se refirió a lo ocurrido aclarando que por habernos hecho un favor a nosotros (quizá aludiendo a la cita para el día de la intervención sin participación del personal adminstrativo) se había metido en un lío. Sin embargo, lamentablemente, cuando le pregunté si quería ampliar su versión de los hechos ocurridos el día anterior, me dijo que no nos involucraba.

Esa fue la última vez que lo vimos.

Cuando salimos del consultorio, el Director se encontraba en una reunión y no sabían cuándo regresaría. Gladys, una de las personas que en aquel momento trabajaban en su despacho, recibió la carta e indicó que se la entregaría al Dr. Pardo, quien se pondría en contacto con nosotros, y aclaró que él era quien debía firmar la receta para pedir la próxima dosis en la farmacia.

A partir de ahí el caso de mi abuela fue atendido por el Dr. Pardo y por otros dos oftalmólogos del Hospital, los Dres. Folgar y Peluso. Las semanas entre la primera aplicación y la última unos tres meses después, que fueron de idas y venidas, historias clínicas perdidas y burocracias, evidenciaron no obstante la buena voluntad de un Director que, aunque con varios desencuentros, nos acompañó a lo largo de todo el proceso y siempre estuvo dispuesto a atendernos. Lo que sigue, entonces, es una breve crónica de esos días que siguieron:

Una semana después de que mi abuela fuera atendida por primera vez por el Dr. Pardo, el lunes 4 de noviembre supimos de la mano de Nelly, su secretaria, que su historia clínica estaba perdida. El último movimiento registrado era que había sido retirada del archivo el 11 de octubre a las 18hs, el mismo día en que el Dr. F había programado la cita para la primera aplicación del 25 de octubre.

Un mes más tarde, el lunes 2 de diciembre nos citaron para realizar una nueva tomografía de coherencia óptica u OCT por la mañana, pero allí nos pidieron regresar esa tarde. Finalmente, los Dres. Pardo y Folgar decidieron, basados en las imágenes de una tomografía previa que habíamos llevado, no repetir el estudio y coordinar la segunda intervención a cargo del Dr. Folgar para dos semanas después, el lunes 16 de diciembre. Sin embargo, como no se encontraba Karina, encargada de dar los turnos para las aplicaciones de Lucentis, nos pidieron volver al día siguiente.

El martes 3 de diciembre Nelly se comprometió a reservarnos el turno ella misma, pero antes quiso confirmar que no fuera necesaria una nueva tomografía. Después de algunos desencuentros, el viernes 6 de diciembre el Dr. Pardo ratificó la intervención para el 16 de diciembre, asegurando que la historia clínica desaparecida no sería un problema. Finalmente, el lunes siguiente, 9 de diciembre, obtuvimos un comprobante impreso del turno (muy distinto del que habíamos recibido para la primera aplicación).

Turno 16dic13

El lunes 16 de diciembre, día de la segunda aplicación, la recepción de la droga no fue mejor que la vez anterior, y algunos pacientes debieron esperar largo rato con el fármaco termosensible en sus manos hasta ser admitidos. Afortunadamente ése no fue nuestro caso, que fuimos atendidos inmediatamente; pero nuevamente no logramos que nuestro envase fuera identificado con nombre y apellido al ser almacenado junto a los otros.

Finalizada la intervención a cargo del Dr. Folgar, el Dr. Pardo nos hizo la receta para pedir la tercera dosis en la farmacia. Ese mismo día, Karina nos tomó los datos para reservar un turno para la última aplicación el 20 de enero y se comprometió a llamarnos para confirmarlo antes de pasar a retirar el comprobante obligatorio. Como al 7 de enero no teníamos novedades y no respondían al teléfono, mi abuela se acercó al Hospital, pero le dijeron que no podían dar turnos hasta que no regresara el cardiólogo a fin de mes. Finalmente, algún tiempo después, le aplicaron la tercera y última dosis.

En los meses siguientes mi abuela se hizo al menos dos estudios más. En el último, del año pasado, se habría observado algo de edema aún, sugiriendo que podría ser recomendable una nueva dosis; pero acordaron repetirlo más adelante.

Por su parte, ella asegura que ha mejorado: a pesar de no poder leer o realizar otras tareas finas con su ojo derecho, la mancha negra que ocupaba el centro de ese campo visual habría dado paso a un simple manchón borroso. El otro ojo alegremente no se ha comprometido. Fuera de eso, con sus casi 83 años, goza de una salud física y mental envidiables.

Descargo… y nada más

Domingo 24 de agosto, 8:25am. Esquina céntrica de Ramos Mejía: San Martín y Mitre. Coche patente KKK-936 estacionado en medio de la vereda, dejando sin exagerar un pasillo de sólo unos 50cm (intransitable por sillas de ruedas, cochecitos, etc).

Llamo al 147: Matanza Responde. Me atienden inmediatamente (¿quién llama un domingo a las 8:25?):

— Hola, quería denunciar un vehículo mal estacionado, no sé si toman ustedes este tipo de denuncias…
— Uhm, ¿hace mucho está mal estacionado?
— No, no sé. Pasé recién y está estacionado en medio de la vereda en pleno centro de Ramos.
— Claro, pasa que nosotros no tomamos ese tipo de denuncias. Hay una policía de tránsito, pero no sé si trabaja los domingos. A ver, esperá…

— ¿Hola? Disculpá la demora. Sí, mirá, la policía de tránsito trabaja de lunes a viernes. Si está estacionado en un espacio de estacionamiento medido te puedo pasar el teléfono del acarreo…
— Ah… ¿o sea que los fines de semana puedo estacionar mi coche en medio de la vereda o frente a una rampa para discapacitados y nadie me puede decir nada?
— Por eso, te digo que te puedo pasar el número del acarreo.
— Sí, pero eso es sólo para estacionamiento medido, ¿no?
— ¿Y dónde está estacionado?
— En medio de la vereda.
— Ah, no, claro… Y está estacionado frente a tu casa…
— No, está en pleno centro de Ramos. Pero me pongo en el lugar del que está en una silla de ruedas, o con un cochecito…
— Claro… y encima en el barrio nadie sabe quién es…
— Te puedo pasar el número de patente… Mirá, entiendo que no puedas tomar la denuncia, pero no es un caso excepcional. Mucha gente suele estacionar en las veredas y no puede ser que los fines de semana no se pueda hacer nada.
— Sí, te entiendo. Podés llamar el lunes, que está la supervisora, y decírselo a ella.
— Pasa que los días de semana estoy en la Ciudad de Buenos Aires y ahí marcando el 147 accedo al de la Ciudad.
— Bueno, te puedo pasar un 0800.
— Gracias, dejá, lo busco en Internet. Buen domingo.

Eso, simplemente un inerte descargo desde la sensación de impotencia.

Aclaración: el diálogo no es una transcripción literal, sino una reconstrucción lo más fiel posible a partir del registro en mi memoria.

Tarifa Plana por Llamada Regresa

Hoy llegó por internet la factura de mi abuela, donde esperábamos que se aplique parte del crédito por más de $135 que habíamos conseguido el 10 de febrero (y digo «parte» porque suponía que el total sin descuentos sería menor que $135, debiendo aplicarse el crédito remanente en la factura siguiente).

Sin embargo, el monto a pagar final ascendía a casi $35 que, aunque parezca insignificante, era mucho más que los $0 que esperábamos para esta factura. ¿Qué había pasado? Suponiendo lo obvio, fui al resumen de comunicaciones urbanas y completé el formulario verificador: efectivamente, nos habían vuelto a activar el servicio «Tarifa Plana por Llamada».

Inmediatamente llamé al 112. Luego de que el conmutador me ofreciera Speedy tres veces, atendió una operadora que muy amablemente escuchó nuestro reclamo y gestionó la baja del servicio nuevamente. Tuve que recordarle, no obstante, ya que parecía haber dado por finalizada la llamada, que no bastaba con la baja sino que también necesitábamos la rectificación de la factura de abril, la cual tramitó sin problemas y me transfirió al área de facturación.

Allí me atendió otra operadora que inmediatamente me puso en espera mientras verificaba la solicitud. Al regresar no dudó en decir que confiaría en el criterio del operador que, en febrero, había gestionado el reintegro, pero que no debería haberlo hecho ya que el servicio había sido dado de alta hace más de un año y sólo es posible cuestionar la facturación de los últimos 60 días (que era, de todos modos, lo que se había hecho, ya que no se nos había reconocido el reclamo sobre las facturas anteriores a diciembre de 2013). Sin embargo, tras destacar que en otras circunstancias esto no ocurriría, aclaró que la empresa mantendría el reintegro, como si cabiera algún tipo de agradecimiento o felicitación por ello. Además, respondiendo a mi indignación evidentemente manifiesta, recomendó revisar mes a mes las facturas para detectar inmediatamente estos errores, ¡como si tal cosa fuese posible con el servicio «Tarifa Plana por Llamada» que no figura detallado en la factura! (ya que, según ella, no es un «servicio», a pesar de ser anunciado con bombos y platillos por Telefónica como tal).

En resumen: los que hayamos solicitado la baja de la «Tarifa Plana por Llamada» estemos alertas, ya que es posible que nos la den de alta nuevamente. Por ahora es un caso aislado, pero más vale estar atentos a las próximas facturas. Iré actualizando a medida que sean emitidas.

Actualización 16/04/14: Hace unos días fueron emitidas nuestra factura y la de otro familiar. En ambos casos, a diferencia del de mi abuela, el servicio Tarifa Plana por Llamada fue efectivamente dado de baja, y las llamadas realizadas luego de la fecha en que fue efectuado el reclamo fueron cobradas por su duración. Sin embargo, aquellas concretadas con anterioridad se facturaron por llamada. Tras llamar al 112, emitieron los nuevos reintegros correspondientes.

Cabe mencionar el caso de una amiga que el sábado 5 de abril, más de 15 días después de haber hecho el reclamo, se comunicó al 112 porque la nueva factura le había llegado sin los ajustes prometidos. Esa tarde la llamaron del sector de facturación para decirle que había habido un error ya que la ley sólo contempla reintegros sobre servicios activados en los últimos 60 días y, como ella lo tenía desde el año 2007, sólo se le iba a dar de baja sin corresponder ningún tipo de reintegro por las últimas facturas.

La «ley» a la que el operador probablemente se estaba refiriendo es el Reglamento General de Clientes del Servicio Básico Telefónico (Anexo I de la Resolución 10059/99 de la Secretaría de Comunicaciones), que en su artículo 26 establece:

Los importes consignados en la factura podrán ser reclamados ante el prestador, únicamente hasta los SESENTA (60) días corridos de la fecha de vencimiento de la misma. Transcurrido dicho plazo se considerarán aceptados de conformidad.

Por tanto, es falso que un reclamo pueda rechazarse sobre la base de corresponder a un servicio contratado hace más de 60 días. En última instancia, tras haber recibido el reclamo, si la empresa decide no satisfacer las exigencias del usuario, deberá responder por escrito en 15 días hábiles, según establece el artículo 28 de la mencionada resolución.

Afortunadamente, en una nueva comunicación con el 112, exponiendo los argumentos mencionados arriba, mi amiga consiguió que le reconocieran el reclamo.

Tarifa Plana Local

Con el servicio Tarifa Plana Local de Telefónica, el cliente paga un monto fijo mensual de $60 por las llamadas locales que realice, sin importar su cantidad o duración.

Sin embargo, gran número de usuarios realizan muchas menos llamadas de las que deberían hacer para tener que abonar $60 por mes, y así terminan pagando mucho más de lo que pagarían si no tuvieran este servicio contratado.

¿Cómo saber si está activado?

Habitualmente, este servicio está incluido en líneas suscriptas a Speedy (en cuyo caso suele hacerse un descuento sobre los $60 del abono mensual), aunque también es posible tenerlo sin ser usuario de este servicio de internet.

A diferencia del servicio Tarifa Plana por Llamada, que suele pasar inadvertido para el usuario (ver artículo «Estafónica»), es muy fácil determinar si este servicio se encuentra activado, si:

  1. Ejemplo de factura con Tarifa Plana Local.en la segunda hoja o posteriores de una factura reciente, la tabla titulada «Comunicaciones urbanas» incluye la fila «Libres», y/o
  2. hay una tabla titulada «Abono Llamadas Locales» con el concepto «Tarifa Plana Local HN + HR».

¿Conviene tenerlo?

Para averiguarlo, se puede comparar cuánto correspondería pagar por las llamadas locales realizadas, en un determinado período, si el servicio estuviese desactivado, contra lo abonado por el servicio en dicho período.

Para hacerlo, es posible utilizar el verificador de facturación haciendo click aquí. Éste calculará el importe máximo correspondiente para la duración tasada según la Estructura General de Tarifas de la Comisión Nacional de Comunicaciones.

¿Qué hacer?

Si resultara más caro tener el servicio activado que no tenerlo, es posible darlo de baja llamando al 112 o en Telefónica Online. Cabe recordar que el verificador de facturación evalúa una factura a la vez, por lo que es importante no elegir una correspondiente a un período excepcional en que se hayan hecho muchas más o menos llamadas que lo habitual. Es posible evaluar más de una factura para tomar una decisión mejor fundada.

Además, es importante aclarar para los clientes de Speedy que dar de baja el servicio «Tarifa Plana Local» podría afectar el abono de internet, ya que suelen formar parte de un paquete. Como cada caso es particular, recomiendo consultar al representante de atención al cliente.

Tus comentarios son bienvenidos a continuación y espero poder contar con tu colaboración en la difusión de este artículo.

Algunos detalles técnicos

En la tabla «Comunicaciones urbanas», la duración tasada para las llamadas «Libres» solía ser la suma de los tiempos de llamada reales. Por ejemplo, para cuatro llamadas de 10 segundos cada una, la duración tasada sería 40 segundos. Como no se indica la cantidad de llamadas realizadas, no era posible calcular el importe correspondiente según la Estructura General de Tarifas, ya que no es lo mismo una llamada de 40 segundos (equivalente a 1 pulso = $0,0469) que ocho llamadas de 5 segundos (equivalentes a 8 pulsos = $0,3752).

Sin embargo, en muchas facturas recientes la duración tasada parecería estar siendo calculada de otra forma: como el equivalente en minutos de los pulsos consumidos en las llamadas realizadas. Por ejemplo, la duración tasada para cuatro llamadas de 10 segundos sería 8 minutos, ya que cuatro llamadas de 10 segundos equivalen a 4 pulsos (1 pulso por llamada), y cada pulso equivale a 2 minutos en horario normal.

Entonces, ahora es posible con estas facturas calcular el importe máximo correspondiente según la Estructura General de Tarifas. Importe «máximo» pues, ignorando en qué horario fueron realizadas las llamadas, supondremos el caso extremo e improbable en que todas fueron hechas en horario normal: un pulso cada dos minutos.

Es por este motivo que el formulario verificador sólo acepta duraciones tasadas que sean múltiplos de 2 minutos.

Estafónica (resumen)

Tarifa Plana por Llamada

Si tenés un teléfono fijo de Telefónica de Argentina, es posible que tengas activado el servicio «Tarifa Plana por Llamada». Con este servicio, cada llamada local pasa a costar 46 centavos, sin importar cuánto dure ni en qué horario se realice. (Actualización 18/02/14: 55 centavos a partir del 01/03/14).

Sin embargo, la Estructura General de Tarifas dispuesta por la Comisión Nacional de Comunicaciones establece que las llamadas locales (o urbanas) deben costar como máximo casi 5 centavos ($0,0469) cada dos minutos en horario normal y cada cuatro minutos en horario reducido. Es decir, una llamada debe durar 20 o 40 minutos para que cueste 46 centavos.

En otras palabras, si una llamada dura menos de 20 minutos en horario normal o menos de 40 minutos en horario reducido, es más caro tener activado el servicio «Tarifa Plana por Llamada» que no tenerlo.

¿Cómo sé si está activado?

Si tu línea tiene contratado el servicio «Información Detallada» (registro de llamadas), es muy fácil: revisá el detalle de comunicaciones urbanas en tu factura; si te cobran $0,46 por llamada independientemente de la duración, entonces lo tenés activado. Lamentablemente, muchos no recibimos el registro de llamadas. En ese caso, podés llamar al 112 y consultar si está activo el servicio «Tarifa Plana por Llamada».

Sin embargo, como muchas veces llamar al 112 puede significar una larga espera, una forma más rápida es comparar cuánto te cobraron por el total de comunicaciones urbanas contra lo que te deberían haber cobrado según la Estructura General de Tarifas. Para hacerlo podés ingresar al Verificador de Sobrefacturación haciendo click acá: completá el formulario con algunos datos de tu factura y obtené un informe detallado. Además, estarás colaborando para estimar la proporción de clientes afectados.

Te recordamos que la tarifa plana por llamada, este resumen y el formulario se refieren a las llamadas locales o urbanas solamente, no a las larga distancia o interurbanas. Tampoco aplica para las líneas con «Tarifa Plana Local», ya que en esos casos no se cobra por llamada sino que se paga un monto fijo mensual por llamadas locales (lejos de no estar afectados, estos clientes a menudo resultan aún más perjudicados que los de la «Tarifa Plana por Llamada», pero no podré explayarme sobre ellos en esta oportunidad). (Actualización 24/02/14: ahora el formulario tiene una sección para clientes con Tarifa Plana Local, como se describe en www.conversodromo.com.ar/tarifa-plana-local).

¿Qué hacer?

Si creés que el servicio «Tarifa Plana por Llamada» está activado en tu línea, podés llamar al 112 y solicitar su desactivación. Además, podés exigir la devolución de los importes sobrefacturados en las facturas afectadas.

Si te interesa saber más, leé el artículo completo haciendo click acá.

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Estafónica

 (¿Muy largo y poco tiempo? ¡Leé la versión resumida haciendo click acá!)

En octubre de 2013, mi abuela (sí, la misma que protagoniza la historia en el Hospital Oftalmológico de Tres de Febrero) me comentó preocupada que le habían venido $189 de teléfono (ella es cliente de Telefónica y recibe una factura cada dos meses). Revisando sus facturas anteriores, parecía que habían ido en aumento, desde los $105 que tuvo que abonar en diciembre de 2012, hasta los $218 que le vinieron el período anterior; y ahora ésta. Sospechando que su línea podía estar intervenida («pinchada»), solicitamos al 112 un «Detalle de comunicaciones» por única vez, gratuito (aunque costó tres largas llamadas y varias gestiones online).

En diciembre llegó la nueva factura y con ella el detalle solicitado (por el que nos cobraron $5,10 a pesar de habernos dicho que sería sin cargo). Ya que el período había cerrado pocos días después de haber sido activado el servicio, las pocas llamadas registradas difícilmente nos servirían para concluir si la línea estaba o no intervenida. Pero vimos algo que nos llamó la atención…

Detalle de comunicaciones.

Llamadas, como la primera en la lista, de sólo veinte segundos de duración habían sido facturadas $0,46. ¿Cómo podía ser esto posible si para llamadas locales el pulso telefónico -uno cada dos minutos en horario normal y uno cada cuatro en horario reducido- hace muchos años que vale $0,0469[1]? Debe haber un error de impresión, pensé. Fui al resumen de comunicaciones urbanas y tomé las realizadas en horario normal como ejemplo.

Resumen de comunicaciones urbanas de diciembre de 2013.

Se habían hecho 177 llamadas por un total de 07hs 49min 49seg, equivalentes a casi 470 minutos. Como no sabía cómo estaban distribuidos esos 470 minutos entre las 177 llamadas, elegí suponer que había ocurrido la distribución, extrema e improbable, menos conveniente y más costosa para el cliente. Es decir, supuse que de las 177 llamadas, 176 habían durado cero minutos, y 470 minutos la restante. Así, las supuestas 176 llamadas de cero minutos habrían consumido un pulso cada una por el solo hecho de haber ocurrido, y 235 pulsos la de 470 minutos, ya que la tarifa normal es un pulso cada dos minutos. Por lo tanto, suponiendo el peor escenario para el cliente, se habían consumido 176 + 235 = 411 pulsos equivalentes a $19,28, mucho menos que los $64,48 que habían cobrado. Para el horario reducido la diferencia era similar ($19,37 vs $69,44).

Sin todavía poder creer que podía haber un error de facturación tan evidente, consulté la vieja factura de diciembre del año anterior, aquella por $105, y cuál fue mi sorpresa al ver que (para el horario normal, por ejemplo) no sólo era mayor la cantidad de llamadas (195 frente a 177) sino también la duración tasada (11hs 32min 46seg frente a 07hs 49min 49seg), pero el importe era significativamente menor ($17,16 frente a $64,48). ¿Qué estaba pasando?

Resumen de comunicaciones urbanas de diciembre de 2012.

Esa tarde intenté comunicarme al 112 desde la casa de mi abuela, pero tras veinte minutos en espera desistí y traje las facturas a mi casa. Todavía dudando de mis habilidades matemáticas, decidí revisar una de nuestras boletas: para 29 llamadas en horario reducido y 18min 36seg la duración tasada, esperaba un importe de no más que $1,55. Pero no: era de $11,80. Todo parecía indicar que, a nosotros también, nos estaban sobrefacturando.

La Tarifa Plana por Llamada

El 10 de febrero de 2014 llamé al 112 y, en dos llamadas que en total se extendieron por más de 75 minutos, me dijeron que nuestras líneas tenían habilitado el servicio de Tarifa Plana por Llamada, desde el 20 de febrero de 2013 la de mi abuela y desde el 30 de noviembre de 2011 la nuestra. El «beneficio» de tal servicio es que todas las llamadas locales cuestan lo mismo, sin importar que duren diez segundos, diez minutos o una hora: 46 centavos. Suena bien, hasta que uno se da cuenta que, dadas las tarifas vigentes, sus llamadas deberían durar en promedio el equivalente a 10 pulsos telefónicos (20 minutos en horario normal y 40 minutos en horario reducido) para que el «beneficio» recién empiece a notarse. Una locura.

(Actualización 18/02/14: como me hizo notar una amiga, en la última factura se indica que a partir del 01/03/14 la tarifa plana por llamada asciende a $0,55).

Quise buscar información oficial sobre el servicio en Internet, pero sólo encontré una página desactualizada, y otra poco clara y confusa (¿realmente promocionan un servicio «para ahorrar» de «$15,13 por llamada»?).

Sin vueltas, dieron de baja el servicio para los próximos períodos, emitieron notas de crédito contra la última factura paga (de $61 para nosotros y $135 para mi abuela) y ajustaron el importe de la actual (de $147 a $96 para nosotros y de $181 a $63). Es decir, un promedio de más de $90 de reintegro por cliente y por bimestre. Me sorprendió cuán fácil y automático fue solicitar los reembolsos. ¿Será que, a pesar de las largas demoras, tienen un buen servicio de atención al cliente? ¿O será que a muchos les están facturando de esta manera sin su conocimiento y, entonces, cuando alguno se da cuenta y llama no le andan con rodeos? (Actualización 04/04/14: dieron de alta nuevamente el servicio en la factura de abril, ver Tarifa Plana por Llamada Regresa).

No obstante, como era de esperar, no accedieron a revisar las boletas anteriores ya que según la Comisión Nacional de Comunicaciones (CNC) «el cliente cuenta con 60 días corridos desde el primer vencimiento para cuestionar una factura y hacer el reclamo a la empresa». Me extrañaría que mi abuela en su caso, o alguno de mi familia en el mío, haya llamado a Telefónica para solicitar la activación de este servicio. Naturalmente, no puedo asegurar que ninguno de ellos haya aceptado su habilitación, quizá hábilmente disfrazada de «beneficio para el cliente» durante alguna oferta telefónica; aunque dudo mucho que así haya sido. Además, ¿no debería ser el titular quien autorice tal activación? Es imposible que haya sido mi abuelo, entonces titular de su línea, ya que en febrero de 2013 se encontraba internado. Lamentablemente, aduciendo a los mismos 60 días con que el cliente cuenta para cuestionar una factura, la operadora me informó que no conservan registros grabados tan antiguos para establecer quién requirió su activación. Espero disponer del tiempo y las ganas para dirigirme a Defensa del Consumidor y/o a la CNC, ya que suponiendo un promedio de $90 por cliente y bimestre mencionado arriba, Telefónica podría habernos sobrefacturado a nosotros y a mi abuela más de $1700 en los últimos meses.

Como supuse que mi abuela y mi familia podrían no ser las únicas afectadas por esta situación, decidí consultar a algunos amigos y vecinos. Hasta el momento de publicación de este artículo, de las 8 respuestas obtenidas:

  • 4 estarían siendo sobrefacturados como fue descripto;
  • 4 tienen algún tipo de abono fijo y por lo tanto no resultan afectados.

Intenté buscar otras experiencias en Internet, pero sólo di con un comentario en un blog de reclamos contra Telefónica y una nota de 2012 en el diario neuquino «El Periódico de Rincón». Esta última hace una muy breve mención a la Tarifa Plana por Llamada, pero principalmente habla del servicio de Tarifa Plana Local, en el que el cliente paga un importe fijo mensual por sus comunicaciones urbanas, independientemente de la cantidad de llamadas que realice y su duración. Sin embargo, la mayoría de los clientes no realizarían tantas llamadas por mes tal que les convenga conservar el servicio, que termina resultando más costoso, siendo las diferencias en perjuicio del cliente muchas veces mayores aún que con la Tarifa Plana por Llamada (Actualización 24/02/14: ver artículo «Tarifa Plana Local»).

¿Cómo saber si te están sobrefacturando?

La manera concluyente es llamar al 112 y pedir un «detalle de comunicaciones urbanas gratuito por única vez» y preguntar si está habilitado el servicio de «tarifa plana por llamada».

Sin embargo, una forma mucho más rápida y bastante atinada es comparar el peor[2] escenario (aquél en que la duración de las llamadas se distribuye de manera menos óptima para el usuario) bajo el cuadro tarifario habitual, contra el importe facturado. Para esto existe un formulario online que, además, permitirá estimar la proporción de clientes afectados, ya que simultánea y anónimamente reúne los datos provistos por los usuarios en una base de datos. El formulario está disponible a continuación y sólo es necesaria la segunda hoja de una factura reciente (en caso de no contar con ella es posible obtener una copia en Telefónica Online):

→ Click aquí para acceder al Formulario Verificador de Sobrefacturación ←

Alternativamente, es posible realizar los cálculos manualmente. Hacen falta, de la sección «Detalle de conceptos de línea > Conceptos Locales > Comunicaciones urbanas», la «cantidad de llamadas» (c)  y las horas (h), minutos (m) y segundos (s) de la «Duración tasada»:

  1. Para cada franja horaria (normal o reducida) calcular el tiempo tasado (t) en minutos: t = h * 60 + m + s / 60.
  2. Calcular la cantidad de pulsos tasados (p) dividiendo el tiempo en minutos (t) por 2 o 4 según sea horario normal o reducido, respectivamente, y redondeando siempre hacia arriba. Por ejemplo, si t = 469,82min en horario normal, p = 469,82 / 2 = 235 (redondeando hacia arriba).
  3. Calcular el importe teórico (i) y compararlo con el que figura en la factura: i = (c – 1 + p) * $0,0469.

Desde luego, cuánto impacte una situación similar en tu factura dependerá del tipo de consumo: proporción de llamadas locales, larga distancia y a celulares sobre el total, duración de las llamadas, etc.

Algunas palabras finales

Espero (y para eso cuento con tu ayuda, lector) que este artículo se difunda y que el formulario online sea utilizado, a fin de pronto tener una idea de cuán difundida se encuentra esta situación. Ojalá muchos con el mismo problema puedan aprovechar esta herramienta para conocerlo y así exigir los reintegros que correspondan.

Me pregunto, ¿cómo se compensa al usuario que muchas veces debe pasar largas horas al teléfono o en una oficina para gestionar sus reclamos? ¿Quién se ocupa de quienes no pueden hacerlo, sea por edad, falta de tiempo u otras razones?

Por último, esta vez más que nunca, espero sus comentarios a continuación que, entre otras cosas, junto al formulario nos permitirán dar cuenta de la magnitud del caso.

1. ^ El valor del pulso telefónico figura en la factura; los minutos por pulso y los horarios de las tarifas normal y reducida en la guía impresa. Toda esta información también está disponible en la página de la Comisión Nacional de Comunicaciones.

2. ^ El peor escenario para el cliente es aquél en el que todas las llamadas tuvieron una duración de 0min, menos una de duración igual al tiempo tasado total.

Jugando al huevo podrido…

Mañana lluviosa en Caballito. Son las 12 del mediodía y una larga fila de coches espera detrás de la barrera de la calle Rojas. Se oyen algunas bocinas, pero hay un tren detenido sentido a Once y la barrera está baja.


Ver mapa más grande

Finalmente, el tren retoma su marcha y abandona la estación. Pero la barrera continúa baja: está trabada. Un concierto de bocinas no se hace esperar, pero los vehículos al frente de la fila no avanzan, naturalmente.

Ya en el andén, como es bastante habitual últimamente (llueva, haya sol, haga frío o calor), no se ve a nadie de la empresa para avisarle. Más adelante, encuentro un policía de la Federal. Se hallaba entusiasmadamente inmerso en una charla con el kiosquero. Pido disculpas y le digo:

―Disculpame, ¿sabés si está el banderillero? Porque la barrera está trabada y hay una fila larga que ahora debe llegar a Neuquén ―la calle «Neuquén»; una estimación quizá algo exagerada, aunque probablemente no tanto.

―La verdad, ni idea dónde está ―respondió él―. Debería estar. La empresa sabe que no está, pero no le importa.

―¿Conocés a alguien a quien se le pueda avisar?

―Y, se podría avisar en la boletería.

Y, viendo que no atiné a dirigirme hacia allí, agregó:

―Voy a dar a aviso a Tren Alerta.

«Tren Alerta» es el programa de vigilancia y seguridad en trenes y estaciones del Ministerio de Seguridad. Tomó su teléfono celular, llamó al *31416 y anónimamente notificó a la operadora que la barrera de la calle Rojas estaba fuera de servicio.

Finalizada la llamada y dirigiéndose a mí, al kiosquero y a un hombre que se había sumado a la situación, añadió:

―Lo gracioso es que ahora los del Tren Alerta me van a llamar a mí para que me fije si anda la barrera. ¿Y qué les voy a decir? ¿que el guardabarreras no está porque no se quiere mojar? La del otro lado debe estar igual ―comentó despreocupado, aludiendo al cruce de la calle Lorca.

Ambos, policía y kiosquero, reanudaron su charla. Mientras tanto, uno que simplemente pasaba por allí como cualquier otro colaboraba con los automovilistas atascados sosteniendo la barrera alta hasta que vio venir el tren (o simplemente se cansó) y continuó su camino.

Imagino que el concierto de bocinas no habrá tardado demasiado en reanudarse.

Un “paseo” por el Hospital Oftalmológico de Caseros (cap. 3)

Aviso del 17abr16: Éste es un sitio sin fines de lucro, mantenido con recursos personales, creado en 2013 con el propósito de generar un espacio de discusión donde opiniones diversas pudieran encontrarse y enriquecer el debate. Fue también concebido como un sitio donde mis entonces frecuentes «luchas» en organismos públicos y privados resultaran en algo más que la simple resolución de mis problemas particulares y pudiesen servir a otros en situaciones similares.

El día 13 de abril recibí en el domicilio de mi abuela una carta documento firmada por el oftalmólogo que la trató en el Hospital Oftalmológico de Tres de Febrero entre agosto y octubre del 2013. En ella me acusa de haber hecho «publicaciones difamatorias de su persona» y me intima a eliminarlas. Caso contrario, escribe, continuará con acciones legales.

Después de mucho deliberar, por ahora he resuelto (no sin dificultad) sustituir toda aparición de su nombre en este sitio por su primer nombre y la inicial de su apellido: Anibal F. Me reservo, no obstante, el derecho a revisar esta decisión en el futuro. Es muy importante aclarar aquí que por «Anibal F» de ninguna manera me estoy refiriendo al Dr. Anibal Folgar, médico del mismo hospital que, con incuestionable profesionalismo, trató a mi abuela después de ser atendida por última vez por el Dr. Anibal F.

Creo firmemente que mis dichos, en cuanto descripción fiel de los hechos ocurridos, no son difamatorios. Pero lamentablemente cuento con tiempo y recursos limitados para enfrentar una posible demanda. Por otra parte, dado que la razón principal por la que decidí relatar esta historia no fue manchar la reputación de nadie, sino informar y prevenir a otros que pudieran encontrarse en una situación similar, me sirve de falso consuelo haber escuchado esta semana de una empleada del Hospital que el Dr. F no trabaja allí desde hace dos años (al parecer sólo lo habría hecho por un período muy corto).


← Capítulo 2: la cita inquietante

Capítulo 3: la previa

Las semanas previas a la inyección fueron de incertidumbre.

Motivado por el riesgo de infección intraocular, de 1 cada 5000 casos según estimó el Dr. F, decidí investigar un poco más sobre el tratamiento. Así, descubrí que la infección y posterior endoftalmitis (inflamación del globo ocular) eran parte de una lista de riesgos asociados que también incluía desprendimiento de retina, por ejemplo. Y, como suele suceder en estos casos, creyendo que posiblemente fueran efectos adversos poco frecuentes, pero sin embargo ignorando su  verdadera probabilidad de ocurrencia, nos preocupamos (seguramente más de la cuenta). Fue aquí también que supe de la polémica internacional en que estaba envuelta Lucentis, de efectividad aparentemente comparable a la de Avastin, una droga irrisoriamente más económica (polémica sobre la cual, ya expresé en el primer capítulo, espero poder -y querer- explayarme algún día).

En varias fuentes, como el sitio web oficial, el tratamiento parecía más prolongado que el ciclo de tres dosis autorizado por PAMI, lo cual (desde mi relativa ignorancia) sonaba lógico, ya que el compuesto, que actúa bloqueando la acción de un factor de crecimiento vascular, tiene una «vida» limitada al interior del globo ocular. Además, como nos había advertido el doctor F, sólo excepcionalmente se observaban mejoras, siendo el objetivo principal detener (y no revertir) la degeneración. Sin embargo, la situación de mi abuela parecía, según su propio testimonio, bastante avanzada. ¿Cuánto más podía progresar sin tratamiento? ¿Valía la pena exponerse al riesgo (que, no obstante, aún no terminábamos de comprender) siendo que el beneficio no parecía muy grande?

Sumado a la preocupación por las consecuencias del tratamiento, estaba la inquietante cita del oftalmólogo: «Preséntense sin anunciarse en el primer piso, ‘de incógnito’». ¿Por qué tanto misterio? ¿Por qué nos habían dicho dos veces que el Dr. F no era uno de los autorizados en el Hospital para aplicar Lucentis? Mi mente y las de mi familia no tardaron en elucubrar las más diversas hipótesis: ¿Lo habría hecho para ahorrarnos el paso administrativo de tener que pedir un turno? ¿Estarían demorando mucho en entregar uno? Pero, ¿quién haría eso por un paciente, con el lío en el que podría meterse, sin siquiera mencionárselo? ¿O sería que realmente no estaba autorizado para aplicar la inyección? ¿Sería una cuestión administrativa o de idoneidad profesional? ¿Tendría la experiencia necesaria? (una búsqueda «lucentis f****» en Google no arrojaba información relevante, excepto que el doctor también trabajaba en el Hospital Santa Lucía). ¿O querría cobrarnos algún dinero? Y, como ninguna avalancha de hipótesis estaría completa sin una conspirativa: ¿Acaso tendría relación con la polémica internacional Lucentis vs Avastin y el oftalmólogo estaría realizado un estudio clínico sin la debida autorización? Difícil. Es sorprendente cuán imaginativos podemos ser cuando intentamos explicar algo que no comprendemos.

Así estábamos cuando un domingo nos juntamos con mi abuela. No queríamos preocuparla más de la cuenta, pero tampoco queríamos decidir por ella. Luego de mucha duda y deliberación, dividimos el tema en dos: no entendíamos el proceder del Dr. F que, con buena o mala intención, se había salteado pasos administrativos. Pero era eso: algo administrativo. En cambio, decidimos creer en su aptitud como oftalmólogo. Él había evaluado los estudios de mi abuela y juzgó (sopesando riesgos y beneficios, suponemos) conveniente realizar la intervención. Optamos, entonces, por continuar.

El jueves 24 de octubre mi abuela inició el tratamiento antibiótico y al día siguiente, a las 13hs, nos presentamos en el primer piso del Hospital Oftalmológico de Tres de Febrero, sin anunciarnos, «de incógnito».

Capítulo 4: nudo y desenlace →

Un “paseo” por el Hospital Oftalmológico de Caseros (cap. 2)

Aviso del 17abr16: Éste es un sitio sin fines de lucro, mantenido con recursos personales, creado en 2013 con el propósito de generar un espacio de discusión donde opiniones diversas pudieran encontrarse y enriquecer el debate. Fue también concebido como un sitio donde mis entonces frecuentes «luchas» en organismos públicos y privados resultaran en algo más que la simple resolución de mis problemas particulares y pudiesen servir a otros en situaciones similares.

El día 13 de abril recibí en el domicilio de mi abuela una carta documento firmada por el oftalmólogo que la trató en el Hospital Oftalmológico de Tres de Febrero entre agosto y octubre del 2013. En ella me acusa de haber hecho «publicaciones difamatorias de su persona» y me intima a eliminarlas. Caso contrario, escribe, continuará con acciones legales.

Después de mucho deliberar, por ahora he resuelto (no sin dificultad) sustituir toda aparición de su nombre en este sitio por su primer nombre y la inicial de su apellido: Anibal F. Me reservo, no obstante, el derecho a revisar esta decisión en el futuro. Es muy importante aclarar aquí que por «Anibal F» de ninguna manera me estoy refiriendo al Dr. Anibal Folgar, médico del mismo hospital que, con incuestionable profesionalismo, trató a mi abuela después de ser atendida por última vez por el Dr. Anibal F.

Creo firmemente que mis dichos, en cuanto descripción fiel de los hechos ocurridos, no son difamatorios. Pero lamentablemente cuento con tiempo y recursos limitados para enfrentar una posible demanda. Por otra parte, dado que la razón principal por la que decidí relatar esta historia no fue manchar la reputación de nadie, sino informar y prevenir a otros que pudieran encontrarse en una situación similar, me sirve de falso consuelo haber escuchado esta semana de una empleada del Hospital que el Dr. F no trabaja allí desde hace dos años (al parecer sólo lo habría hecho por un período muy corto).


← Capítulo 1: diagnóstico, orden y autorización

Capítulo 2: la cita inquietante

Poco más de un mes después de la última consulta en agosto con el Dr. F, el 26 de septiembre PAMI autorizó la compra de las tres dosis de Lucentis. La semana siguiente, el 1 de octubre, retiramos la autorización de la Agencia Caseros del PAMI y, con ella y con la receta para la primera dosis, fuimos a solicitarla en la farmacia. Allí nos retuvieron la receta e hicieron copia de la autorización: debían pedir confirmación a PAMI, tras lo cual les enviarían la droga.

Siguiendo las instrucciones del doctor, quien nos había indicado que, cuando tuviésemos la droga, lo fuéramos a ver para coordinar un turno para su aplicación, esa semana regresé al Hospital. Sin embargo, me dijo que no era suficiente con haberla solicitado en la farmacia, sino que debía esperar hasta que nos fuera entregada. Cuando le pregunté si podíamos acordar el turno telefónicamente (para evitar tener que viajar a Caseros por lo que suponía un simple trámite administrativo), me indicó que no y, ante mi insistencia, me sugirió que hablase en recepción.

Me dirigí, entonces, al mostrador donde una de las recepcionistas dijo desconocer que el Dr. F aplicase Lucentis en el Hospital, pero que mejor hablase por teléfono con las recepcionistas del primer piso, que en ese momento no estaban presentes. Así fue que la semana siguiente, tras ser notificado por la farmacia que habían recibido el medicamento, llamé al Hospital y pedí por la recepción del primer piso. La respuesta no fue muy diferente que en planta baja: al parecer no les constaba que el Dr. F fuera uno de los médicos autorizados en la Clínica para inyectar Lucentis; pero que si él me había dicho que fuera a verlo, entonces eso era lo que debía hacer.

Turno para el 25 de octubre firmado por el Dr. Anibal F.Finalmente, el viernes 11 de octubre, acudí al Hospital y pedí por él. Me atendió en su consultorio, nos recetó un antibiótico que mi abuela debía colocarse el día previo a la intervención para evitar infecciones intraoculares, me explicó cómo debía limpiarse el ojo la semana anterior y nos citó para el viernes 25 de octubre. Sus palabras textuales fueron:

«Preséntense sin anunciarse en el primer piso, ‘de incógnito’. Si no, no le van a dejar aplicar la inyección (…) La va a llamar la cardióloga.»

Capítulo 3: la previa →

Ruidos molestos: propaganda aérea

En 1968, durante el gobierno de facto de Onganía, el entonces Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Francisco Imaz, sancionó («en ejercicio de las facultades de los departamentos deliberativos municipales») la Ordenanza General N°27, vigente en todos los partidos de la provincia, «para la erradicación de ruidos molestos y parásitos». Entre otras disposiciones, establece:

ARTICULO 4º: Quedan prohibidos dentro del radio urbano y centros urbanizados:
b) La circulación de rodados y el sobrevuelo de aviones con altavoces para propaganda comercial.

Más adelante, en 1976, la Ordenanza General N°176, sancionada por el gobernador de facto Ibérico Saint-Jean, restituía las ordenanzas generales modificadas, sustituidas o derogadas durante el breve período democrático; entre ellas, la N°27. Al hacerlo, reemplazó el texto del artículo 4b (transformado en 4c por la Ordenanza General N°67) por «Quedan prohibidos, dentro del radio urbano y centros urbanizados: (…) c) La circulación de rodados con altavoces para propaganda comercial», excluyendo así la prohibición del «sobrevuelo de aviones con altavoces».

No obstante, considerando que «lo excluido es causa de ruidos molestos en los centros urbanos» y que «lo expuesto no excluye que se pueda realizar la difusión de ‘informaciones oficiales y de interés público'», en 1978 quedó sancionada la Ordenanza General N°224 que sustituyó el inciso c) del artículo 4° por:

c) La circulación de rodados y el sobrevuelo de aviones con altavoces para propaganda comercial, lo que no excluye que se pueda autorizar la difusión, por el último medio mencionado, de informaciones oficiales y de interés público.

Pero, ¿qué son y qué vigencia tienen las Ordenanzas Generales? Como se indica en la página web de la Cámara de Diputados de la Pcia. de Bs. As., «nacieron en ejercicio de poderes ‘de facto’ de los gobernadores de Provincia, quienes pasaron a ejercer postedades [potestades] de los consejos [concejos] deliberantes municipales en virtud de facultades que se autoatribuyeron» y «su derogación o eventualmente su modificación, compete única y exclusivamente a los respectivos departamentos deliberativos de los municipios integrantes de la Provincia». Por lo tanto, si comprendí correctamente, todas ellas tienen vigencia en todos los municipios de la provincia (o en el grupo para el que fueron sancionadas), a menos que hayan sido derogadas o modificadas por los respectivos Concejos Deliberantes.

¿Cuál es, entonces, la posición del Concejo Deliberante de La Matanza frente a la Ordenanza General N°27 y posteriores modificaciones? Ya que la página web del municipio no permite consultar las ordenanzas dictadas por el organismo, me comuniqué al flamante 147 de atención ciudadana, donde me sugirieron que me comunicara con el Concejo al 4651 0101 int 292 o 274. Sin embargo, y lamento cerrar este artículo con tan inconcluso final, hacia las 11am del día de hoy, 10 de diciembre de 2013, no obtuve respuesta en ninguno de ellos.